viernes, junio 18, 2004

Bitácora del Navegante. Pensares.

Domingo, 8:30 de la mañana. Juan y yo desayunamos rápido. Salimos abrigados a levantar el bote, como podemos. Pesa demasiado, pero las ganas de flotar en el agua, en un río virgen y dominical, pueden, como los rayos gamma, desatar fuerzas impensadas.
Y la Negra... que nos sigue fiel, como siempre.
Son tres cuadras de tierra dura, áspera, agreste, desgastante.
Al menos el esfuerzo ratero nos saca la ropa, y el frío.
Y de pronto, el río, que nos hace una última prueba (o burla): la bajante... más metros nos separan, aunque ahora es arena oscura.
Al final, el agua... que es casi como el aire; se hace dificil distinguir la línea donde se divorcian uno de otra.
El Agua mujer, nos recibe, nos acaricia, nos hace olvidar. Y por momentos nos lleva peligrosamente lejos.
No es fácil remar contra la corriente, no es fácil.
La Negra va y viene por la costa según nuestro curso, como si estuviese unida a nosotros por un imán. Nunca cruza la frontera del agua (no le teme), pero en su dimensión lineal, nos sigue, nos referencia, nos espera.
Volvemos a la playa. De pescar ni hablar, que no hay demasiada gana: el río es amplísimo y se la bebe toda.
Antes de llegar, a distancia prudente, hundimos el ancla y ondeamos bandera. Bajo el sol del mediodía, nos echamos a dormir en nuestra cáscara de nuez, acunados por el oleaje, salpicados de canciones, abrigados con tibia luz.
Ahora entiendo a Miguel, aquella vez que, pantalón corto, gorra marinera y botella en mano, gritó un misil desde el Duncan hasta la silueta citadina: hijos de puta!!!
Duelen los brazos todavía, los hombros (la vuelta fue -gracias a Dios- asistida por un camión y vecinos), y el recuerdo de un esfuerzo indescriptible.
Pero sin embargo tengo la convicción de que no he vivido más que esos únicos momentos; que esta semana no tuvo más que un día, y fue domingo.